Capítulo 1
El mandala corporal
o, Mapas, Mapas por todos lados

Si te preguntaran, ¿será que tu mano te pertenece?, responderías naturalmente, “Claro que sí.”

Pero si hacemos la misma pregunta a alguien que se dedique a la neurociencia, la respuesta podría ser otra pregunta como: ¿cómo sabes que es tu mano? De hecho, ¿cómo sabes que tienes un cuerpo? ¿Qué te hace pensar que te pertenece? ¿Cómo sabes en dónde comienza y en dónde termina? ¿Cómo mantienes consciencia de tu posición en el espacio?

Prueba esta pequeña exploración: Imagina que hay una línea recta que recorre el centro de todo tu cuerpo, separando la parte derecha de la izquierda. Usando tu mano derecha, palpa distintas partes del lado derecho de tu cuerpo – mejilla, hombro, cadera, rodilla, pie. Con un dedo, traza una línea por encima de tu ceja derecha y de la sección derecha de tu labio superior.

Somos capaces de diferenciar estas partes de nuestro cuerpo de las demás porque cada
una de ellas está “cartografiada” de manera extremadamente precisa en una andana bi-dimensional de tejido neuronal que se encuentra en el lado derecho de nuestro cerebro, y que se especializa en el tacto. Lo mismo ocurre en la parte izquierda de nuestro cuerpo: todas sus partes se encuentran cartografiadas en una región similar que se encuentra en el lado derecho de nuestro cerebro. El cerebro mantiene un mapa global de la superficie de nuestro cuerpo, con parches dedicados a cada dedo, mano, mejilla, labio, ceja, hombro, cadera, rodilla, y todo el resto.

Un mapa puede ser definido como un esquema que explica detalladamente las relaciones
que existen entre dos cosas. En un mapa geográfico, cualquier punto señalado corresponde
a una ubicación precisa del planeta, y cada punto adyacente en el mapa, representa un una ubicación adyacente en el mundo real. Lo mismo pasa cuando hablamos de los mapas corporales que almacena nuestro cerebro. Aspectos del mundo que nos rodea y su relación con nuestra anatomía son cartografiados en nuestro tejido cerebral. Es por eso que la topología, o las relaciones espaciales, de la superficie de nuestro cuerpo es preservada a través de tu mapa del tacto: el mapa del pie está a un lado del mapa de tu mentón, que está a un lado del mapa de la pantorrilla, que está a un lado del mapa de la cadera. Cuando alguien toca tu hombro, se activan células nerviosas de la región cerebral que corresponde al mapa del hombro. Cuando pateas una pelota, la parte correspondiente del mapa de tu pie, se activa también. Cuando te rascas un codo, tanto la región del codo como la región que corresponde a los dedos con los que te estás rascando, se activan. Estos mapas son nuestra ventana principal al mundo físico que nos rodea, son el punto de entrada de toda la información que se codifica momento a momento en el cerebro.

Esa información táctil es recolectada por receptores especiales que hay a lo largo del cuerpo entero, canalizada hacia la médula espinal, y enviada al cerebro a través de dos caminos importantes. El más antiguo de estos caminos está encargado del dolor, la temperatura, la comezón, las cosquillas, las sensaciones sexuales y el tacto más burdo (suficiente para saber que te golpeaste la rodilla pero no como para distinguir una piedra de una semilla) y el tacto sensorial, que incluye a las caricias maternas, que fueron vitales para el desarrollo de nuestros mapas corporales cuando éramos bebés.

El camino más reciente (evolutivamente hablando), nos brinda la información más “fina” del tacto (la que necesitamos para insertar un hilo por el ojo de una aguja), así como información sobre la posición y esfuerzo de los receptores que se encuentran en nuestras articulaciones, huesos y músculos.

Una vez que estos caminos de información sensorial llegan a nuestro cerebro, se combinan
para crear sensaciones de textura complejas como la humedad, vellosidad, carnosidad y gomosidad. Lo mismo ocurre con todos los tipos de dolor que podemos sentir. A través de la combinación de señales de dolor y tacto, tenemos acceso a una gran diversidad de experiencias desagradables que incluyen el dolor de una quemadura solar, el dolor punzante del síndrome del túnel carpiano, de una puñalada, de una lesión de una rodilla, la comezón que da cuando estamos sanando de algo, etc.

También tenemos un mapa motor primario en el cerebro que nos sirve para hacer movimientos. En lugar de recibir información de la piel, este mapa envía señales a los músculos. Tal y como el mapa del tacto, este mapa de movimiento se ubica en ambos lados del cerebro. Este mapa es vital para tener la capacidad de guiar nuestro cuerpo en actividades que requieren de una coordinación y precisión muy alta, así como para adoptar posturas complejas. Cuando movemos los dedos de los pies, las regiones del mapa motor correspondientes a los dedos y al pie que estamos moviendo, se activan. Cuando sacamos la lengua, los mapas correspondientes a la lengua y a la mandíbula se activan. Gracias a este mapa, todas las tareas de bajo nivel, en su mayoría inconscientes, del movimiento coordinado, se desarrollan eficientemente y sin problemas.

En otra parte de nuestro cerebro también tenemos mapas corporales muy diferentes pero no menos importantes, de nuestros órganos internos. Estos mapas “viscerales”, un mosaico de pequeños nervios, representan el corazón, hígado, colon, recto, estómago y todo el resto de nuestros órganos. Estos mapas se han desarrollado de forma única en la especie humana, y nos brindan acceso a todas las sensaciones internas. Gracias a estos mapas somos capaces de sentir lujuria, disgusto, tristeza, alegría, vergüenza y humillación, todo como resultado de nuestro cartografiado corporal. La conexión entre estos mapas y nuestra psique es fuente de la rica y vívida conciencia emocional que tenemos. La actividad de este mapa es la “voz de nuestra conciencia”, la emoción de la música, la base del Yo emocionalmente matizada y moralmente sensible.

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NUESTROS SENTIDOS SOMÁTICOS

Los sentidos somáticos se diferencian del resto de los sentidos a un nivel profundo. En medicina, la vista, el oído, el olfato y el gusto son conocidos como los “sentidos especiales”, mientras que los sentidos somáticos forman una categoría propia. Dentro de esa categoría existen varios sentidos distintos, cada uno traído por una población de células receptoras que cubren nuestra piel y tejidos internos. Aquí un pequeño resumen:

Tacto. Los receptores del tacto envían la información sobre la presión. Existen distintos
receptores de tacto – por ejemplo, presión delicada, presión profunda, presión sostenida, flexión del folículo piloso y vibración. En nuestra vida cotidiana, el tacto es, por mucho, el sentido somático que predomina en nuestra mente consciente.

Termocepción. Cuando sentimos el sol quemándonos la nuca, o cuando movemos un
pedazo de hielo dentro de la boca, estamos haciendo uso de nuestros termorreceptores.
Tenemos dos tipos de células termorreceptoras: unas para sentir el calor, y unas para sentir el frío. Cuando algo es peligrosamente caliente o frío, nuestra sensación de malestar es creada por receptores de dolor. Nuestros tejidos profundos y órganos se encuentran cubiertos de un termorreceptor completamente distinto que permite a nuestro cerebro dar seguimiento de la temperatura corporal que tenemos.

Nocicepción. El dolor es una de las experiencias más crudas y temidas de la vida. El
material “crudo” que nos permite tener percepción del dolor, viene de los nociceptores.
Como con los receptores del tacto, existen varios tipos, por ejemplo: dolor penetrante, dolor provocado por el calor, dolor provocado por algún químico, dolor articular, dolor de los tejidos profundos, cosquillas y comezón.

Propiocepción. Este es el sentido que nos informa sobre la posición y movimiento de
nuestro cuerpo en el espacio. Este sentido nos permite juntar las yemas de nuestros dedos
índices con los ojos cerrados, por ejemplo. Existen dos tipos principales de células propioceptivas. El primero se encuentra en los músculos y tendones, y se encarga de medir la extensión. Nuestro cerebro utiliza esta información para informarnos la ubicación de nuestros miembros. El otro tipo está en el cartílago que se encuentra en las articulaciones y da seguimiento a la información del esfuerzo y deslizamiento de cada articulación. Nuestro cerebro utiliza esta información para decodificar la velocidad y la dirección, cuando nos movemos.

Balance. Por el contrario del resto de nuestros sentidos somáticos, nuestro sentido de
“arriba y abajo” no viene de una población de células receptoras distribuídas a lo largo y ancho del cuerpo, sino de un par de órganos especiales que tenemos dentro de los oídos. Por esta razón, podría parecer extraño que nuestro balance (o nuestro sistema vestibular) se clasifique dentro de los sentidos somáticos. Pero, como veremos, es un ingrediente indispensable que nos permite operar nuestro cuerpo en el mundo que nos rodea. El sentido vestibular también pertenece a los sentidos somáticos debido a su antigüedad: elórgano auditivo interno del balance es una maravilla de la microingeniería que compartimos con absolutamente todos los animales vertebrados (animales con columna vertebral), un linaje que comenzó hace más de quinientos millones de años. Durante todo ese tiempo, su diseño ha permanecido prácticamente sin cambios.

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CEREBRO 101

La corteza cerebral, donde se encuentran la mayoría de los mapas corporales, está plegada
alrededor de las estructuras de la parte más primitiva de nuestro cerebro. La corteza se
divide en cuatro lóbulos (sus secciones principales se encuentran separadas por pliegues profundos):

Lóbulo occipital. Dedicado principalmente a la visión. En las personas invidentes, el lóbulo occipital manda información al lóbulo parietal, que contribuye a la visión basándose en los mapas corporales.

Lóbulo parietal. Se encarga principalmente de la sensación física, el espacio en y alrededor del cuerpo, y las relaciones espaciales en tres dimensiones. Está repleto de mapas corporales muy importantes.

Lóbulo frontal. El orquestador de los movimientos voluntarios, encargado de la planeación y la visión de futuro, y el hogar de muchas de las funciones cerebrales más atesoradas como el razonamiento moral, el auto-control, y algunos aspectos del lenguaje. También está repleto de mapas corporales muy importantes.

Lóbulo temporal. Procesa la información auditiva que reciben los oídos, tiene funciones lingüísticas y emocionales muy importantes, y participa en la visión a un nivel de detalles finos.

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El Yo encarnado

La idea de que nuestros mapas corporales cartografían no sólo nuestro cuerpo, sino todo lo que se encuentra a nuestro alrededor, que se expanden y se contraen según nuestras necesidades, es muy nueva para la ciencia. Las investigaciones demuestran que nuestro cerebro está repleto de mapas. Mapas de la superficie de nuestro cuerpo, de nuestra musculatura, tendones, su potencial de acción e incluso, mapas que determinan y emulan las acciones e intenciones que tienen las personas que nos rodean.

Estos mapas (concentrados en nuestro organismo) son extremadamente plásticos y tienen una enorme capacidad de reorganización con la finalidad de responder ante el daño, experiencia y práctica. Desarrollados durante las primeras etapas de nuestra vida, los mapas maduran con la experiencia y continúan cambiando (con menor velocidad) por el resto de nuestras vidas. Sin embargo, a pesar de cuán centrales son estos mapas corporales para nuestro organismo, la mayor parte del tiempo somos muy poco conscientes de su funcionamiento, y mucho menos del hecho de que se modifican y adaptan constantemente, minuto a minuto y año tras año. Puede ser que no seamos capaces de apreciar verdaderamente la cantidad de trabajo que hay “detrás de escena” de nuestra mente consciente, que hace que nuestra experiencia corporal parezca tan natural. La actividad constante de nuestros mapas corporales es tan impecable, tan automática, tan fluida y arraigada, que ni siquiera nos damos cuenta de que está sucediendo, y mucho menos que plantea un absorbente rompecabezas científico que está generando conocimientos fascinantes sobre la naturaleza humana, la salud, el aprendizaje, nuestro pasado evolutivo y nuestro futuro.

El cuerpo no es tan solo un vehículo que permite que el cerebro lo ande navegando por todas partes. La relación es perfectamente recíproca: nuestro cerebro y nuestro cuerpo existen el uno para el otro.

Un cuerpo que puede ser movido o inmovilizado, tocado o evadido, escaldado o calentado, congelado o enfriado, tensado o descansado, muerto de hambre, desnutrido o nutrido, es la razón de ser de nuestros sentidos. Y las sensaciones de nuestra piel y organismo: tacto, temperatura, dolor y algunas otras de las que aprenderemos más adelante, son la verdadera base de nuestro pensamiento. Todos nuestros otros sentidos son, en comparación, simples comodidades agregadas. Después de todo, los seres humanos pueden arreglárselas bien en la vida sin visión o audición. Incluso personas como HelenKeller, que carecen de ambos sentidos, pueden tener una vida física y mentalmente sana. Los cerebros de las personas que nacen sordas no desarrollan mapas de audición, y los cerebros de las personas con ceguera congénita nunca forman mapas visuales, pero
incluso las personas sordas y ciegas, tienen mapas corporales. Por el contrario, la visión o el oído sin un cuerpo con el que se puedan relacionar las imágenes y los sonidos, no serían más que patrones de información psíquicamente vacíos. El significado de las cosas tiene su raíz nuestra capacidad de actuar y elegir, y esa capacidad depende de nuestra personificación (o corporeización). De hecho, esta es una lección que ha costado mucho trabajo aceptar en el campo de la inteligencia artificial: nada realmente inteligente se desarrollará en un ordenador sin cuerpo. En la vida real no existe tal cosa como una conciencia incorpórea.

La suma total de nuestros numerosos, flexibles y modificables mapas corporales nos da nuestra sensación del “Yo”, así como la habilidad de navegar y comprender el mundo que nos rodea. Podemos pensar nuestros mapas como un mandala cuyos patrones crean nuestro Ser. Todas nuestras facultades mentales (visión, escucha, lenguaje, memoria, etc.) se organizan soportadas en la “matrix” de este mandala corporal, como los órganos en nuestro esqueleto. Si hablamos de nuestro desarrollo como seres humanos, sin ellos nos sería imposible convertirnos en personas pensantes.

Si algo de esto pudiera sonar exagerado, consideremos lo siguiente: Si cargáramos a un pequeño mamífero (digamos, un gato) de acá para allá durante los primeros meses del desarrollo de su cerebro, permitiéndole ver todo lo que lo rodea pero no que se mueva por su cuenta, la desgraciada criatura se convertiría en un ente inutilizado. A pesar de que pudiera tener la capacidad de percibir distintos tonos de color, luz y sombra (las habilidades más básicas de nuestro sistema visual) su percepción profunda y reconocimiento objetivo de las cosas sería extremadamente deficiente. Sus ojos y nervios ópticos estarían intactos, pero su sistema visual sería prácticamente inservible.

¿Cómo puede ser esto? Si cualquier animal crece con la posibilidad de ver, ¿no tendrían sus conexiones neuronales desarrollarse de manera normal? ¿La exposición a la información visual que lo rodea no es suficiente para compensar la falta de movilidad? La sorprendente respuesta es NO. Para que las redes neuronales se desarrollen, otro ingrediente es indispensable para aprovechar nuestra exposición en el mundo, incluso si es en una pequeña porción del mismo. Mientras un joven mamífero se mueve durante sus primeros meses de desarrollo, la retroalimentación que obtiene a través de su contacto corporal con el mundo que lo rodea le da un significado a todo lo que ve. Cada paso que da, cada vez que se frena para observar, cada movimiento que hace en su espacio, le brinda información sensorial importantísima que recolecta a través de su red de mapas corporales. Esa información se convierte en el alimento de su sistema visual en desarrollo, dándole sentido a las cosas que, de lo contrario, serían simples formas abstractas con distintos colores y efectos de luz, pero sin significado. Si un mamífero es expuesto a información visual de la máxima calidad pero tan solo como un observador pasivo, su cerebro nunca aprenderá lo que toda esa información visual tendría que significar.

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¿Qué es un mandala?

En el hinduismo y en el buddhismo, los mandalas son patrones geométricos de imágenes que cartografían de manera simbólica al universo desde un punto de vista humano. Los mandalas se utilizan normalmente para enfocar la mente durante las meditaciones o para enseñanzas teológicas. Normalmente están construidos con una figura central, rodeada de otras escenas y figuras organizadas de manera concéntrica.

Un mandala resulta una metáfora atractiva y una imagen práctica que nos ayuda a entender la extensa pero estrechamente integrada red de mapas corporales de nuestro cerebro. Siguiendo esta analogía, las figuras periféricas del mandala corporal son nuestros mapas corporales corporales corticales, grandes y pequeños, todos intrincadamente interconectados. La figura central es su producto compuesto: el perfecto sentido de un Yo total, indivisible y encarnado.

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