Capítulo 3 (parte I)
Duelo de mapas
o por qué me siento gordo después de haber bajado de peso

¿Alguna vez has conocido a alguien que se considere “pasado de peso” pero que sienta comodidad con su cuerpo? Pensemos en el comediante Jack Black, que, a pesar de tener propensión a la “robustez”, se mueve grácil, atlética y amorosamente alrededor del set de filmación.

Y ahora pensemos en Oprah Winfrey antes y después de su gran lucha con los efectos “yo-yo” (o llamados “rebote”) de la dieta a la que se sometió. Oprah cuenta la historia en un video, Make the connection, de cómo vivió su vida de manera inconsciente por más de veinte años, cuenta también cómo se sentía fuera de control, avergonzada, sola y llena de autodesprecio. Temerosa de enfrentar su pasado traumático, comía compulsivamente para aliviar el dolor. Un día que se encontraba sentada en el público en una pelea de campeonato de Mike Tyson, se aterrorizó cuando se dio cuenta de que Tyson pesaba 97 kilos (lo mismo que ella). Así que se mató de hambre y logró bajar 30 kilos. Pero después tuvo el efecto rebote y subió de nuevo hasta los 102 kilos de peso.

En 1992, Oprah decidió tomar el control de su vida. Con la ayuda de un entrenador profesional llamado Bob Greene, comenzó un régimen intenso de ejercicio aeróbico y una dieta muy estricta baja en grasas. El resto es historia. Como ella misma lo narra en sus programas de televisión, libros y videos, Oprah logró superar su problema de peso, con recaídas ocasionales, a través del entrenamiento físico, dieta, trabajo duro y determinación.

Sin duda que el ejercicio jugó un gran papel en la recuperación de Oprah. Pero existe otra explicación del éxito que logró obtener y que nunca ha salido a la luz. Además de todo el tiempo que pasó en el gimnasio, el sudor y sufrimiento, y la abstinencia de los chocolates y el azúcar, su transformación también se puede ver como un ejemplo del duelo de sus mapas, de cómo utilizó su primer mapa corporal para “moldear” un segundo mapa corporal.

Para entender cómo funciona esto, necesitamos entender primero la naturaleza de ambos mapas. Uno, llamado el “esquema corporal”, está basado en lo que sentimos como “propiedades” de nuestro cuerpo. El segundo, la imagen corporal, se fundamenta en las actitudes aprendidas acerca de nuestro cuerpo.

Nuestro esquema corporal

A estas alturas ya sabemos acerca de nuestros mapas corporales, à la Penfield, basados en el tacto. Tenemos sensores por toda la superficie de nuestro cuerpo que responden al cariño, presión, dolor, frío o calor. Pero hay dos ingredientes más que participan en nuestra sensación-sentida, o esquema corporal, y que operan casi completamente por fuera de nuestra conciencia. Y mientras la ciencia ha sabido sobre estos canales sensoriales por décadas, apenas ahora han comenzado a relacionarse con regiones específicas del cerebro. Uno lee señales que llegan de dentro de nuestro cuerpo. El otro lee señales de nuestro oído interno, con la finalidad de darnos la sensación de balance.

Tomemos un momento para crear una imagen de nuestros huesos, músculos, articulaciones y tendones. Estos tejidos se encuentran llenos de receptores que detectan hasta los más pequeños movimientos (la contracción de una fibra muscular, el estrés mecánico en un hueso, la rotación angular de una articulación, o el estiramiento de un tendón). Cada vez que perciben un cambio, estos sensores envían información al cerebro para actualizar nuestro sentido espacial y de cómo está configurado nuestro cuerpo en ese momento. Estas señales son cartografiadas en nuestro mapa primario del tacto, para después ramificarse y filtrarse a través de otros mapas que realizan funciones más específicas en nuestro mandala corporal. Esos mapas guían nuestros movimientos así como las expectativas que tienes acerca de dichos movimientos.

El peso de nuestro cuerpo y sus “posturas” se calculan en estos mapas, que nos proveen de eso a lo que se le llama “propiocepción”, o sea, la percepción de uno mismo. Si fallamos un examen de sobriedad (no tenemos la capacidad de caminar por una línea recta tocándonos la nariz), es porque nuestra sensación acerca del lugar y la forma en la que nuestras piernas se encuentran en el espacio, es defectuosa. Durante los momentos abruptos de su crecimiento, algunos niños y adolescentes, pierden temporalmente este sentido corporal y sienten como si sus piernas y pies hubieran desaparecido. Cuando aprendemos una nueva actividad como un deporte o una actividad artística, refinamos ese sentido a través de su práctica.

Nuestro esquema corporal también se mantiene informado a través de una librería de algo a lo que podríamos llamar “memoria muscular”, aunque dicho término es bastante impreciso. Esta memoria reside en los mapas motores del cerebro, no en los músculos, como pareciera sugerirse. Esta memoria muscular nos da un entendimiento intuitivo acerca de cómo nuestro cuerpo es capaz de moverse y qué es capaz de hacer. Este conocimiento implícito incluye información acerca de qué tanto nos podemos flexionar, qué partes de la espalda podemos alcanzar con las manos, y qué objetos de la mesa podemos alcanzar estirando los brazos. La mayoría de estos conocimientos y juicios, son completamente inconscientes. Nuestro mandala corporal los calcula constantemente y los utiliza para actualizar nuestro esquema corporal. (Sólo para aclarar, el mandala corporal es la red física de mapas corporales de nuestro cerebro; nuestro esquema corporal es la sensación de la experiencia construida por estos mapas).

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DE NUESTROS BALANCINES

De todos nuestros sentidos somáticos, el que tendemos a apreciar menos es el sentido del balance. Sólo le ponemos atención cuando lo perdemos, lo que ocurre en muy pocas ocasiones en la mayoría de las personas. Al pisar mal un escalón, dar vueltas sobre nuestro propio eje, saltar de tierra firme a un bote en el agua, sentiremos una pérdida súbita de balance. Pero después, si todo sale bien, la recuperaremos en un instante. De todos nuestros sentidos, el balance es el más intangible. Podemos señalar a los ojos, oídos, piel y otros órganos para explicar los cinco sentidos primarios, pero nuestro balance es un poco diferente. Es difícil de explicar qué es exactamente lo que el “balance” aporta a nuestra conciencia cuando pensamos en él. No se puede quitar, está ahí todo el tiempo.

El balance está presente constantemente porque se dedica a lidiar con la gravedad. A partir del momento en el que dejamos el vientre acuático de nuestra madre, nos zambullimos en la fuerza de gravedad. La gravedad es una fuerza de atracción que nos acompaña en cada momento de nuestras vidas.

En un principio, nos encontramos sin defensa ante ella. Pero conforme vamos desarrollando control de nuestras extremidades, nos damos cuenta de que podemos rodar por el piso y -¡listo!- sentarnos. Empezamos balanceando nuestro cuerpo. Nadie construye una silla de dos patas por el simple hecho de que sabe que no es estable, pero las personas, aprendemos a caminar con dos piernas a través de un proceso de reequilibrio de todo nuestro organismo, calibrando la gravedad y organizando nuestra cabeza, torso y piernas en relación a ella. En muy poco tiempo estamos corriendo y caminando por el mundo.

Nuestro balance se logra cuando integramos diversos mapas corporales, pero uno del que no sabemos mucho es el llamado “sistema vestibular”. De igual forma a que tenemos ojos con la finalidad de ver y oídos para escuchar, tenemos tres pequeños canales, como pequeñas piedras, y bellos dentro de nuestro oído interno que se especializan en detectar la gravedad y la aceleración.

Estos canales, llamados canales semicirculares, son tubos llenos de fluido que se encuentran en tres ejes: arriba y abajo, izquierda y derecha, delante y atrás. Mientras movemos nuestra cabeza, los fluidos y los pequeños sensores, llamados “células de pelo”, determinan la dirección y velocidad del movimiento. Nuestro cerebro usa esta información para desarrollar un modelo claro del mundo tridimensional y para averiguar hacia dónde se está moviendo nuestra cabeza en relación a la gravedad.

Claro que no logramos el balance utilizando nada más la cabeza. Las señales vestibulares están integradas con otros sistemas sensoriales con la finalidad de que todo nuestro esquema corporal pueda funcionar de manera eficiente. Por ejemplo, hay señales vestibulares que van a nuestros ojos. Esta es la razón por la que podemos mover la cabeza mientras leemos este texto y todavía mantenemos la continuidad de las palabras. Nuestros ojos trabajan con el sistema vestibular con la finalidad de hacer correcciones ante los movimientos de nuestra cabeza.

Las señales vestibulares están íntimamente relacionadas al tacto. Probemos este pequeño experimento: ponte de pie en una sola pierna cerca de una pared, permite que tus brazos cuelguen y cierra los ojos. Mira qué pasa. Ahora toma la misma postura pero toca la pared con la punta de un dedo, cierra los ojos. Mira qué pasa esta vez.

Nada estabiliza mejor nuestro balance que el contacto delicado con nuestro entorno.

La información vestibular también va a los centros del cerebro relacionados al vómito, ubicados en el tronco del encéfalo y hasta las áreas superiores del cerebro involucradas en la percepción del cuerpo, el auto-movimiento, el espacio que nos rodea, y ese gran tema, nuestra autoconciencia.

Como sabemos por experiencia, el balance es dinámico, la gravedad es constante y nos reorganizamos todo el tiempo.

Cuando los astronautas regresan del espacio y van a cuclillas, tienen la sensación de que el suelo está yendo lejos de sus pies. Sus cerebros se han acostumbrado a la gravedad cero y necesitan tiempo para reajustarse.

Cuando estamos en un barco todo el día, yendo de arriba a abajo con la marea, podríamos sentir inestabilidad a tierra firme porque nuestro sistema vestibular todavía se encuentra procesando el movimiento. Mucha gente sufre de mareos debido a que tiene un sistema vestibular extremadamente sensible.

Pero las personas que han ido perdiendo o dañando sus órganos vestibulares ya sea por lesiones o alguna enfermedad, no tendrán mareos no importa cuánto intentemos hacer que los tengan. Pueden navegar un barco pero, para equilibrarse, necesitarán confiar por completo en su visión y en la presión que ejercen sus pies en el piso. Eso sí, seguramente tendrán serios problemas cuando caminen o intenten permanecer de pie en un lugar oscuro.

La razón más común por la que la gente pierde su sentido del balance es el envejecimiento. Todos nuestros sistemas se deterioran con el envejecimiento. Pero existen formas de contrarrestar las posturas tambaleantes: estimulando las plantas de los pies.

Nuestras plantas de los pies tienen receptores de tacto que mandan señales al cerebro cada vez que nos ponemos de pie y presionamos el piso. Estas señales se combinan con la información de los sistemas vestibular, visual y con información que nos ayuda a mantener el equilibrio con los dedos de los pies.

Pero estas señales pueden volverse menos claras si nuestros receptores pierden precisión con la edad. La diabetes y la mala circulación pueden embotar nuestros pies y comenzamos a tambalear. Pero, como James Collins demostró, si estimulamos con una pequeña vibración las plantas de los pies, nuestro cerebro automáticamente detecta las señales que se encontraban dañadas. James inventó unas plantillas que ayudaron a muchas personas a recuperar el equilibrio de manera muy eficiente.

No obstante, los artefactos electrónicos no son imprescindibles para mantener nuestro sistema vestibular en buenas condiciones. Caminar sobre adoquines ha demostrado ser un método eficiente y de bajo costo. Los estudios han demostrado que el balance se deteriora mucho más lento en personas de la tercera edad que han caminado de forma regular sobre adoquines, que en los que caminan sobre pavimento liso. En China se descubrió esto hace siglos. En casi cualquier parque de China se pueden encontrar caminos de adoquines con diseños hermosos. La gente se quita los zapatos y camina en los adoquines con la finalidad de mejorar su salud. La ciencia de los mapas corporales explica cómo es que esto funciona.

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Nuestro esquema corporal es una construcción fisiológica. Nuestro cerebro lo construye desde el tacto, visión, propiocepción, balance y oído. Incluso se extiende al espacio que nos rodea. Lo usamos para localizar objetos, esquivar objetos, aplastar un mosquito, etc..

Este esquema se actualiza constantemente con la sensación de nuestra piel, articulaciones, músculos y vísceras. Nuestra continua sensación de habitar un cuerpo que se encuentra dentro de un mundo más grande, viene de esta construcción mental.

Además, rara vez somos conscientes de las sensaciones de nuestro cuerpo. Ocurren de manera automática. Podemos tapar nuestros ojos o cubrir nuestros oídos pero no podemos apagar nuestras sensaciones corporales. Si nacemos invidentes, otros sentidos compensarán nuestro sentido de la visión. Pero si naciéramos sin los receptores que cartografían nuestro cuerpo, no sabríamos que tenemos un cuerpo.

La pérdida de la propiocepción es algo muy raro, pero ha ocurrido. Por ejemplo, en 1972, un chico inglés de 19 años llamado Ian Waterman, contrajo una rara enfermedad que le quitó la propiocepción. Aunque los nervios que mandaban información de su cerebro a su cuerpo (acerca de cómo moverse), estaban intactos, los nervios que llevan la información del cuerpo hacia el cerebro se habían atrofiado por completo. Imaginemos cómo se siente esto. Waterman podía ver pero no podía sentir en dónde se ubicaba su cuerpo, sin importar si se movía o no. En un principio, era un desastre, como un muñeco de trapo viviente. Gradualmente, aprendió a moverse utilizando un método en el que se veía y guiaba sus acciones de manera visual. Pero el segundo en el que cerraba los ojos, se colapsaba en un santiamén.

La idea del esquema corporal fue propuesta por primera vez en 1911 por dos neurólogos británicos llamados Sir Henry Head y Gordon Holmes. Head y Holmes descubrieron que, igual que la información táctil, nuestro sistema músculo-esquelético envía señales al cerebro que determinan nuestra postura y la posición de nuestras extremidades. De acuerdo a Head, formamos modelos posturales internos en conjunción con modelos de la superficie de nuestro cuerpo. Nombró este esquema corporal (ahora se llama sólo esquema corporal) como “modelos organizados de nosotros mismos”.

Head y Holmes también se dieron cuenta de que, maravillosamente, nuestro esquema corporal se expande con la ropa que utilizamos.

“Cualquier cosa que participe en el movimiento consciente de nuestro cuerpo, se agrega al modelo de nosotros mismos y se vuelve parte de nuestro esquema”, escribió Head. De esta forma, “el poder de localización de una mujer, se extiende hasta la punta de la pluma de su sombrero”. En su época era muy común que las mujeres utilizaran sombreros con plumas largas. La pluma, según Head, se incorporaba dentro del esquema corporal de la mujer mientras tenía el sombrero puesto.

Cuando tomamos clases de Técnica Alexander, Feldenkrais, Tai-Chi, Eutonía o cualquier otra técnica somática, estaremos trabajando en la consciencia de nuestro esquema corporal. Estos métodos nos enseñan a atender de manera consciente los distintos elementos de nuestro esquema y utilizarlos con fines de auto-exploración.

Finalmente, nuestra sombra une nuestro espacio extrapersonal a nuestro cuerpo, esta es la razón por la que mucha gente tiene supersticiones acerca de pisar su propia sombra. Para nuestro cerebro, nuestra sombra es parte de nuestro cuerpo, como si fuera piel también. Si vamos caminando por una calle oscura y una sombra aparece dentro del campo de nuestra visión, las alarmas se encienden. Nuestro espacio ha sido invadido y es momento de poner atención.

Un himno al lóbulo parietal

Para entender mejor de dónde nace nuestro esquema corporal, resulta útil saber un poco más acerca de nuestro lóbulo parietal. Si colocamos una mano en la parte trasera de nuestro cráneo, por encima de los oídos, estaremos poniendo la mano en la zona de nuestro lóbulo parietal. Este lugar en la parte trasera de nuestro cerebro, es llamado el córtex parietal posterior y se encuentra lleno de información sobre los mapas de nuestro cuerpo y de todo lo que nos rodea. Información muy importante de todos nuestros sentidos se procesa en este lugar, además de que también recibe información sobre distintas posibilidades de movimiento, que emanan de nuestros mapas motores frontales. Probablemente más que cualquier otra parte de nuestro cerebro, esta área constituye el centro de nuestro ser encarnado y su relación con el mundo que nos rodea. Aquí es en donde nuestro esquema corporal, sentido del balance y nuestra sensación de unidad psicofísica se vinculan. Las neuronas parietales no están encargadas de identificar los nombres de las cosas, ni sus identidades ni significados. En cambio, se encargan de codificar la composición de nuestro espacio y la relación de nuestro cuerpo con todo lo que nos rodea.

Muchos de los mapas de la parte posterior del córtex parietal representan nuestro cuerpo en distintos sistemas de coordinación o “marcos de referencia”. Por ejemplo, algunos mapas se encargan de la relación de “cabeza-cuello”; algunos se centran en el torso; otros en la relación “brazo-hombro”; otros en los ojos; otros en la mano; otros en el cuerpo como una unidad global. Nuestro lóbulo parietal “malabarea” con todos estos sistemas de coordinación, todo mientras los mantiene íntimamente integrados a través de la actividad de nuestros mapas motores, con la finalidad de producir la sensación de que nuestros movimientos tienen una finalidad de unificación de todo nuestro organismo completo. Crea nuestra compresión (generalmente) perfecta acerca de dónde nos encontramos en el mundo y cḿoo nos relacionamos con él. Este último punto es extremadamente importante: el mapa mental que tenemos del mundo que nos rodea no está representado en coordenadas sin vida, sino en nuestra relación corporal con el mundo que nos rodea.

Resulta verdaderamente increíble pensar que este sistema funciona incluso en nuestras actividades más mundanas como podría ser levantarnos de una silla para ir por un vaso de agua. Pero en las actividades que requieren de extrema coordinación, resulta incluso más maravilloso. Imaginemos a la jugadora de fútbol Mia Hamm. Está corriendo mientras va moviendo el balón entre sus pies. La pelota se une a su cuerpo a través de su espacio peripersonal, integrada a sus propios pies a través de su mandala corporal. Sabe exactamente la velocidad y posición del balón en cada fracción de segundo. A su alrededor, el resto de las jugadoras corren en distintas direcciones a velocidades diferentes. Algunas de ellas se le acercan rápido, Mia las percibe en el preciso instante en el que penetran su espacio peripersonal. Sus ojos miran el campo. Su cabeza y torso pivotan, y sus órganos de balance envían información precisa al sistema vestibular acerca del ángulo, velocidad y aceleración de su cabeza, el sistema vestibular la integra inmediatamente a su esquema corporal. Sus brazos se arquean y giran para mantenerla en balance. Sus piernas bailan. Sus pies sienten la textura del pasto que está pisando mientras escucha las pisadas y la respiración de las otras jugadoras que se le aproximan, así como su propia respiración. En una milésima de segundo, percibe una oportunidad. En otra milésima de segundo, su intención toma forma en los mapas parietal y motor para finalmente patear la bola con gran habilidad hacia su objetivo.

Imagen corporal

Una pregunta interesante. Digamos que nos sometemos a una dieta y perdemos 20 kilos de peso. Adelgazamos. Nuestras piernas son menos gruesas. Ya no sentimos los pantalones apretados. Pero… misteriosamente, seguimos sintiéndonos exactamente iguales que antes de adelgazar. Aunque nos veamos en un espejo y notemos nuestro cuerpo más esbelto, “algo” nos da un mensaje diferente.

Ese “algo” es nuestra imagen corporal. En el mundo de las dietas, la imagen corporal se menciona con frecuencia pero pocas veces se explica de una manera en la que pueda ayudarnos a mantenernos lejos del “rebote”. En contraste con el esquema corporal, que es mayormente inconsciente, nuestra imagen corporal es la percepción consciente de nuestro cuerpo: cómo nos vemos y cómo nos presentamos ante el mundo. No se relaciona a qué tan alto, bajo, gordo, flaco, lindo o feo soy. Sino a la actitud que tengo hacia esas cualidades, es decir, a mi experiencia emocional en relación a cómo concibo mi propio cuerpo, incluído cómo me visto, mi postura, cómo me muevo y, muy importante, cómo creo que las demás personas me ven.

Como nuestro esquema corporal, la imagen corporal está basada en muchos de nuestros mapas corporales. Pero hay algunas diferencias importantes que explican por qué las dietas fallan con regularidad. Nuestro esquema corporal está relacionado a circuitos más especializados, mientras que nuestra imagen corporal (que incluye los prejuicios que tenemos acerca de nuestro propio cuerpo) está más esparcida en todo el cerebro, en cada lugar en el que tenemos almacenados recuerdos. Las creencias son tan tangibles como son nuestras propias células debido a que es en las células en donde nuestras creencias se originan, almacenan y, con la nueva información, se actualizan y consolidan. Nuestras creencias se adhieren a las interconexiones entre neuronas, que se organizan, a través de la experiencia, en redes estables. Las creencias se resguardan en circuitos cerebrales que se activan como respuesta a nuestras expectativas y predicciones acerca de cómo opera el mundo que nos rodea.

Para entender un poco más de cómo funciona esto, necesitamos saber un poco más acerca de cómo está organizado nuestro cerebro. Casi todas las funciones mentales avanzadas ocurren en el córtex (una tela fina de tejido que cubre estructuras cerebrales más antiguas). La sábana cortical tiene seis capas de células, cada una tan gruesa como una tarjeta de presentación.

Aunque el córtex parece una pequeña sábana delgada, su funcionamiento está organizado en regiones que se especializan en distintas tareas, como la visión, escucha, tacto, movimiento y planificación. Más aún, estas regiones se organizan por jerarquías. Imaginemos un mazo de cartas extendido en una mesa, una carta al lado de la otra. Funcionalmente, el “as” está más arriba que el “rey”, que está más arriba que el ocho, que está más arriba que el dos. Las jerarquías funcionales en nuestro cerebro son mucho más complejas que las cartas, pero la analogía debe darnos una idea de cómo las jerarquías pueden existir incluso en un plano más “bidimensional”.

En el córtex, las llamadas “áreas inferiores” absorben la información sensorial cruda y la pasan a áreas superiores”, en donde es procesada y enviada a áreas todavía más superiores. Algo importante es que no existe un área “más superior” en la que toda la información se reúna. Por el contrario, una vez que la información llega a regiones superiores, retroalimenta a las áreas inferiores. Se ha descubierto que, en la mayoría de las áreas del córtex, por cada fibra que lleva información hacia arriba en la jerarquía, existen hasta diez fibras llevando información procesada de regreso hacia las partes inferiores de la jerarquía.

Las investigaciones todavía están explorando el significado de esta arquitectura inmensa de retroalimentación, pero su función ahora es clara: nuestro pensamiento funciona haciendo predicciones. La percepción no es un proceso pasivo de absorción, sino una construcción activa. Cuando vemos, escuchamos, o sentimos algo, la información entrante siempre es ambigua y fragmentada. Es durante el camino hacia la jerarquía cortical, en donde cada área pregunta: “¿es esto lo que estoy esperando?” “¿es esto lo que predije?” “¿esto tiene relación a lo que ya sé de la situación?” De esta forma, nuestro cerebro compara constantemente la información entrante con lo que ya sabemos o creemos. Mientras las áreas superiores vuelven congruente la información (“Sí, esto es lo que estaba esperando”), la información se manda de regreso a las áreas inferiores, en donde se confirma que lo que creemos que está pasando, está pasando realmente.

Pero muchas veces va más allá de la simple confirmación, y la predicción o creencia logran alterar la información entrante para volverla congruente “a la fuerza”. El hecho de que la información “regrese” hacia las capas inferiores desde las sofisticadas capas superiores, quiere decir que nuestras predicciones y creencias pueden trabajar en nuestra contra, pues interfieren con nuestra habilidad de observación imparcial, e incluso, con la de razonar contradicciones que se puedan presentar en la información. Por ejemplo, cuando vivimos con alguien y un día se corta el pelo pero no lo notamos hasta que nos lo informa, nuestra predicción de su apariencia nos impide notar el cambio.

En otras palabras, nuestra comprensión de la realidad está muy lejos de la realidad, pues se construye de nuestras expectativas y creencias, que están todas basadas en nuestras experiencias, que se almacenan en el córtex como “memoria predictiva”. Vale la pena repetirlo: la mayoría de nuestras percepciones (lo que vemos, escuchamos, olemos, sentimos y pensamos que es real) son moldeadas e influenciadas por nuestras creencias y expectativas. Y esto, obviamente incluye las creencias que tenemos sobre nuestro cuerpo.

El término “imagen corporal” fue introducido en 1935 por Paul Schilder, un neurólogo austríaco que pensaba que el concepto de “esquema corporal” no terminaba de abarcar la verdadera naturaleza de la experiencia corpórea. La imagen corporal, decía Schilder, se refiere a las imágenes mentales que tenemos de nuestros cuerpos. Esta imagen cambia también dependiendo de la ropa que usemos, que nos crea imágenes corporales diferentes cada vez. Desde una construcción psicológica, es el grupo de creencias que tenemos acerca de nosotros mismos.

Tanto nuestra imagen como nuestro esquema corporal evolucionan mientras crecemos. Los cambios en el esquema son bastante universales. Nuestros brazos y piernas se alargan. Nuestro centro de masa sube. Nuestras proporciones se “acomodan”. Las hormonas empiezan a hacer su trabajo y nuestros cuerpos cambian.

Pero mientras el esquema se refiere a la función de nuestras partes, en movimiento, nuestra imagen corporal obtiene la información de una red inmensa que se informa de las experiencias personales y memorias de toda nuestra vida. Nuestra imagen personal es una amalgama de creencias (actitudes, suposiciones, expectativas, con algún que otro delirio por ahí) que se graban tanto en nuestros mapas corporales como en la parte del córtex que almacena nuestras memorias autobiográficas y actitudes sociales. Nuestro entornos (familia, amigos, libros, juguetes, programas de televisión, redes sociales, etc) nos provee la información, nosotros nos proveemos la interpretación de esa información.

Muchas creencias muy importantes sobre nuestro cuerpo empiezan a venir a nuestra consciencia durante la adolescencia. Para cuando llegamos a los veinte años, la mayoría de estas creencias se han convertido en una imagen corporal coherente, a lado de nuestras creencias religiosas, políticas y estereotipos. Todos son pensamientos muy resistentes al cambio durante el transcurso de nuestras vidas.

Ahora, sería genial si la mayoría tuviéramos experiencias que nos permitieran desarrollar una imagen corporal sana, que nos permitiera decirnos cosas como: “mi cuerpo es lindo”, “mi cuerpo representa en realidad lo que yo soy y soy feliz con eso”. Pero la realidad es que la mayoría tenemos toda clase de pensamientos destructivos: “estoy demasiado gordo”, “mi cuerpo no tiene músculo”, “mi piel tiene un color feo”, “mis orejas son horribles”…

Y para personas que han experimentado algún tipo de abuso sexual en su infancia, la imagen corporal puede estar completamente destrozada. Dichas heridas se entierran muy profundamente y suelen aliviarse a través de la comida.

Si bajamos de peso y seguimos sintiendo que no lo hemos hecho, puede ser que tengamos una gran disparidad entre nuestra imagen y esquema corporal, que son el reflejo del cuerpo propiamente dicho. Nuestro esquema corporal se ha mantenido muy alejado de nuestra imagen corporal y experimentamos una desconexión psíquica muy profunda. El esquema y la imagen se encuentran en combate. Las creencias acerca de nuestro cuerpo impiden que observemos la información que nos envía nuestro esquema corporal, o incluso, nuestros sentidos (la vista, por ejemplo). Y estar en guerra con nosotros mismos, aunque sea una guerra que ocurre por debajo de nuestro nivel de consciencia, es una experiencia miserable.

Igual que nuestras creencias religiosas y políticas, las actitudes que tenemos con nuestro cuerpo son muy resistentes al cambio. Cuando nos damos cuenta de que una figura política en la que confiabas, te ha estado mintiendo por muchos años, no cambiamos de partido. Cuando nos damos cuenta de que los rezos que hacemos todos los días no logran que una persona se cure más rápido, no dejamos de rezar ni abandonamos nuestra religión. Y cuando nuestro esquema corporal  da una información diferente acerca del ancho de nuestro cuerpo, no dejamos nuestros antiguos pensamientos atrás.

Recordemos que nuestro esquema corporal está compuesto de señales sensoriales dinámicas fluyendo a través de nuestro mandala corporal, sumadas a la información almacenada a través de los músculos, que se encuentra distribuída a lo largo y ancho de nuestros mapas corporales. A pesar de toda la nueva información que recibimos de los cambios de nuestro cuerpo (la que tenemos cuando empieza a quedarnos ropa más chica, por ejemplo), nuestras creencias pueden fácilmente sobreponerse a nuestros sentidos y nublar toda esa información. Bajar o subir de peso no ha resuelto nuestros problemas psicológicos y todas las razones que teníamos para sentirnos miserables, siguen ahí. 

Afortunadamente existen formas de romper este círculo vicioso. La nueva persona gritando para ser escuchada es nuestro esquema corporal, encerrado debajo de una pila inútil de creencias falsas. El truco está en encontrar formas de escucharlo.

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