Capítulo 3 (parte II)
Duelo de mapas
o por qué me siento gordo después de haber bajado de peso

Despertando al tigre

En 1969, el psicoterapéuta somático e investigador del estrés Peter A. Levine, conoció a una mujer llamada Nancy cuya experiencia explica otras formas en las que nuestro cuerpo puede quedar atrapado en traumas pasados. Nancy no estaba luchando con un problema de sobrepeso. Su problema era que tenía severos, inmovilizantes, y para ella, completamente inexplicables ataques de pánico.

Como Levine escribió en su libro “Despertando al tigre”, comenzó las sesiones de Nancy con los procedimientos de siempre. Nancy sentada en una silla, escuchando en silencio pero sin responder nada. Mientras Levine intentaba ayudarla a relajarse, Nancy de repente se veía tomada por un abrupto e inexplicable ataque de ansiedad que la paralizaba y le impedía respirar.

Levine recuerda haberse sentido arrastrado a los ataques de ansiedad de Nancy. Eran palpables y contagiosos. Durante una sesión, Levine tuvo la imagen de que un tigre estaba por atacarlos. Metido dentro de la experiencia de la terapia, gritó: “¡Nancy, estamos siento atacados por un tigre, mira cómo viene el tigre hacia ti, corre hacia un árbol, corre, Nancy, corre y escapa!”

Para su sorpresa, las piernas de Nancy empezaron a moverse con desesperación, como si estuviera corriendo. Ella se quedó en la silla pero sus piernas se movían desesperadamente como si quisiera escapar. Nancy comenzó a gritar desesperada y tuvo ataques de convulsiones que le vinieron en oleadas. El temblor corporal le duró una hora.

Sin embargo, este evento resultó una epifanía para Levine. Nancy le contó que acababa de tener, por primera vez en su vida, el recuerdo de un momento terrorífico de su infancia. Cuando tenía tres años de edad la habían tenido que amarrar a una mesa de un quirófano para practicarle una amigdalectomía.

Bajo la influencia de la anestesia, que probablemente no había causado su efecto total, Nancy sintió que iba a morir ahogada. Terribles alucinaciones vinieron a su pensamiento. Ese evento, impreso en lo más profundo de su ser, se encontraba lejos de los recuerdos que podía traer de manera consciente. Como otras personas traumatizadas, Nancy se sintió en peligro, abrumada y emocionalmente atascada. Sentía como si su cuerpo se hubiera resignado a permanecer en un estado del que no podía salir. Y ahí le surgían los ataques de pánico.

En esos tiempos, levine se encontraba estudiando el comportamiento de los animales salvajes (depredadores) cuando van a cazar. Observó que las presas, cuando son capturadas, caen al suelo y se paralizan. Momentos antes de morir, los animales quedan completamente inmovilizados y sus cerebros se llenan de sedantes naturales. Pero si logran escapar, correrán hacia un lugar seguro y se sacudirán (literalmente) los efectos residuales de la respuesta biológica que acaban de tener. Sus cuerpos convulsionan con espasmos paroxísticos.

Viendo a Nancy, Levine se dio cuenta de que su temblor era una respuesta de haberse sentido en peligro y haber quedado inmovilizada y aterrorizada como cuando era niña. También entendió que sus ataques de pánico no eran causados al recordar el evento en sí. Los ataques procedían de los restos de la “energía guardada” que había quedado sin resolución y atrapada en su cuerpo. Después de unas cuantas visitas más, los ataques de pánico desaparecieron.

Con esta experiencia, Levine, pionero en el campo de lo que ahora se llama “psicología somática”, desarrolló un método al que llamó “Experiencia somática”. El método ayuda a las personas a acceder a la energía acumulada para liberarla de manera gradual a través de una serie de experiencias corporales relacionadas al tacto y a las sensaciones. Al contrario de la terapia hablada, que muchas veces puede generar traumas mayores, la psicología somática se adentra en el estado corporal poco a poco. El tratamiento no enfrenta de forma directa las creencias acerca del cuerpo, ni de la imagen corporal. Por el contrario, se enfoca en las sensaciones del esquema corporal.

La psicoterapia somática utiliza las sensaciones corporales como llave para guiar en la superación de traumas. Se podría decir que ayuda a calibrar los mapas corporales para que podamos sentirnos de dentro para fuera.

El traje de gato robado

Cuando el psicólogo Martin Grunwald vivía en Jena, Alemania del Este, trabajando en la Univerisdad Friedrich Schiller, hacía experimentos simples. Grunwald se interesó mucho en el sentido del tacto (particularmente en cómo se procesa en el cerebro y cómo interactúa con el resto de los sentidos). Entonces, como parte de su tesis doctoral, vendó los ojos a varias personas y les pidió que pasaran sus dedos índices por figuras que tenía grabadas en trozos de madera. Después de que los sujetos pasaron sus dedos sobre cada forma, abrieron los ojos y las dibujaron en una hoja de papel.

Es una tarea extremadamente fácil, dice Grunwald. Simplemente tienes que transformar lo que siente en lo que ves. Haces esto todo el tiempo sin pensar, como cuando sumerges tu la mano en la guantera de tu automóvil en busca de un cepillo para el cabello o gafas de sol. Un rápido deslizamiento de las yemas de los dedos suele identificar objetos de inmediato.

Mientras los sujetos tocaban las figuras hundidas o las dibujaban en papel, Grunwald midió la actividad eléctrica en sus cerebros. “Solo quería observar el tipo de señales cerebrales asociadas con la comprensión del tacto activo ”, dice. Nada sofisticado. Solo curiosidad básica.

Con una excepción, todas las personas del experimento dibujaron las formas con precisión. Si bien sus X solían estar un poco torcidas o sus líneas onduladas un poco fuera de centro, generalmente podían dibujar fácilmente lo que habían tocado. La excepción fue una mujer joven que estudiaba psicología. Ella fue un fracaso total y abyecto en la tarea. Sus dibujos apretados y torturados se parecían poco y nada a las formas reales. La chica parecía incapaz de comprender la estructura incluso de las figuras más simples.

Ese habría sido el final del experimento, excepto por una astuta observación hecha por el asistente de laboratorio de Grunwald. Sus notas indicaban que la piel de la mujer era color gris pálido y estaba cubierta de vellos finos y suaves. Además de que la chica estaba extremadamente delgada. Grunwald fue a la biblioteca a investigar qué podría haber pasado. ¿Qué tipo de enfermedad, se preguntó, podría producir un tacto anormal y una piel tan extraña? Encontró la respuesta en un artículo sobre las características físicas de las mujeres con trastornos alimenticios. Su piel fue la que la delató. La joven estaba profundamente anoréxica.

Los expertos coinciden en que en la anorexia nerviosa intervienen factores biológicos y culturales, un trastorno mental de inanición que mata hasta el 18% de sus víctimas. Pero más allá de eso, el consenso se deshilacha. Una explicación principal del trastorno es similar a lo que la gente solía decir sobre el autismo y la homosexualidad, es decir, que es un comportamiento aprendido. En el caso de auto-inanición, dicen, las mujeres jóvenes no construyen una identidad fuerte a temprana edad. Eso las deja sintiéndose inseguras, confundidas o insatisfechas acerca de quiénes son. Para sentirse valiosas, se obsesionan con ser delgadas. La cultura popular sobreexpuesta a afiches publicitarios, las portadas de las revistas, las redes sociales y la imagen de las divas de la cultura pop adolescente, ayudan a reforzar la fijación. La explicación a la problemática suele ser enteramente cultural y psicológica.

Pero esa teoría no explica una de las observaciones más intrigantes sobre estas tristes mujeres que voluntariamente se matan de hambre. Si le das un par de calibradores a una mujer anoréxica y le pides que te muestre más o menos cuánto mide la parte superior de su brazo, se mirará al espejo y abrirá los calibradores en el tamaño del bíceps de Popeye. Literalmente, ve la parte superior de su brazo extremadamente ancha aunque sea, en realidad, terriblemente delgada. Sus ojos, o más exactamente, su cerebro que percibe mal, le dicen algo que nadie más ve.

Y no se lo está inventando.

Una percepción errónea tan drástica nos hace sospechar de un grave desajuste entre los mapas corporales. Con esta pista, los neuropsicólogos ahora están comenzando a investigar la anorexia desde nuevos lugares.

En 1996, Grunwald se trasladó a la Universidad de Leipzig, donde decidió investigar la percepción anormal del tacto en pacientes con anorexia. Dado que el tacto está integrado a la visión y otros sentidos en el lóbulo parietal, se preguntó si las anoréxicas tienen anomalías en esta región del cerebro.

Cuando Grunwald repitió su experimento anterior en diez personas con anorexia, ninguna de ellas pudo dibujar las formas correctamente después de sentirlas. Mirando de cerca la  «actividad eléctrica” de sus cerebros, notó que la corteza parietal derecha de cada persona estaba trabajando duro pero sin éxito. La información sensorial no estaba siendo integrada. ¿Podría ser esta la razón por la que no perciben sus cuerpos como delgados en el espejo?

Grunwald cree que la anorexia se debe principalmente a una alteración del patrón corporal. Y tiene algunas ideas sobre su origen. La enfermedad se ve casi exclusivamente en mujeres y niñas, que apunta a los efectos de las hormonas sexuales en el cerebro en desarrollo. Es sabido que la testosterona juega un papel importante en el desarrollo de las percepciones espaciales de los hombres, que se encuentran en el lóbulo parietal derecho. Los cerebros femeninos, por el contrario, muestran patrones sutilmente diferentes de organización; el lóbulo parietal derecho está menos especializado en la conciencia espacial. Este rasgo puede ser más pronunciado en pacientes con anorexia.

A esta variación anatómica se suma el hecho de que el desarrollo temprano del cerebro depende del contacto humano, posiblemente más en las niñas que en los niños. Podría ser un rasgo genético vinculado al cromosoma X femenino. Podría tener que ver con diferencias básicas relacionadas a cómo son desarrolladas las emociones en el cerebro de los hombres y de las mujeres. Hay varias otras teorías propuestas que el jurado aún está deliberando. Pero el resultado final, en opinión de Grunwald, es el hecho de que la falta de una integración constructiva de los mapas corporales afecta el lóbulo parietal derecho de un número desproporcionado de niñas. Por lo tanto, a medida que crecen, sus esquemas corporales son poco fiables, mientras que sus imágenes corporales se vuelven cada vez más distorsionadas por las influencias sociales.

Las pacientes con anorexia odian que las toquen, dice Grunwald. No les gusta la terapia física ni el masaje, y evitan situaciones en las que se espera que tengan contacto corporal con otras personas. Pero, ¿qué pasaría si alimentaramos sus cerebros con estimulación corporal? ¿Podría una terapia enfocada en las sensaciones y el tacto, ayudar a superar la problemática, invitándolas a corregir su imagen corporal?

Grunwald, que es delgado y friolento, había comenzado a usar un traje de neopreno de buceo mientras en las vacaciones familiares. “Mi hija es una nadadora entusiasta y le encanta retozar y jugar conmigo en las olas ”, dice. El traje le permitió a Grunwald permanecer muchas horas con ella en el agua del mar. Usando el traje, notó algunas percepciones corporales interesantes. En tierra, el traje presionaba su piel y músculos cuando se movía. En el agua, sintió menos compresión. Después de un par de años de experimentar estas sensaciones, Grunwald llegó a la conclusión de que un traje de bueco podría ayudar a las anoréxicas que tienen una respuesta anormal al tacto. Cuando le mencionó la idea a un amigo, se enteró de que los trajes de látex son populares entre algunas personas para mejorar la experiencia sexual.

Y así fue como Grunwald tuvo la idea de ponerle un traje de neopreno de cuerpo entero a una de sus pacientes con anorexia -un traje de gato- para investigar si el traje podría enviarle señales nuevas y correctivas a su cerebro.

La paciente, una artista de 19 años, aceptó usar el traje tres veces al día durante una hora y en un período de 15 semanas. Utilizaba el traje debajo de su ropa y le permitía hacer sus actividades normales. Grunwald dice que se sentía feliz con la idea de hacerlo. Se sentía aliviada de que el tratamiento no la obligara a hablar de su infancia ni de ninguno de sus otros traumas psicológicos. La anorexia, en la visión de Grunwald, es un desorden que se origina en una anomalía del cerebro y no en problemas relacionados a la madre y al padre, como comúnmente se cree.

Durante el experimento, los investigadores registraron el peso corporal de la artista treinta y nueve veces y evaluaron la calidad de la representación de su cuerpo utilizando varias técnicas de medición. También registraron la actividad eléctrica de su cerebro. Antes de que ella usara el traje, cuando se mataba de hambre, su hemisferio izquierdo era dominante. Después de haber utilizado el traje y de haber ganado varios kilos, la actividad cerebral se trasladó a su hemisferio derecho, particularmente al lóbulo parietal. Dijo que le encantaba usar el traje, dice Grunwald, y sintió algo de pánico cuando llegó el verano y tuvo que quitárselo.

Desafortunadamente, el efecto del traje de gato no fue permanente. Unos meses después de que la estudiante dejó de usarlo, su asimetría cerebral regresó. Perdió peso. Las pruebas mostraron que una vez más falló las pruebas relacionadas a evaluar su cuerpo de manera realista. Un tiempo después, la mujer se mudó a Francia y se llevó el traje con ella. Grunwald le había pedido que se lo devolviera, pero ella se negó.

¿Qué sucede con Michael Jackson?

Si Grunwald tiene razón, muchos de los llamados trastornos psiquiátricos se derivan de una

representación inadecuada de las sensaciones corporales. La anorexia es una. Otro es la bulimia, que también implica una sobreestimación del tamaño corporal. Los hombres padecen una afección relacionada llamada anorexia inversa, también conocida como «vigorexia» o dismorfia muscular. Estas son personas que hacen ejercicio obsesivamente en gimnasios y se excluyen de la vida social. Se miran a sí mismos en el espejo decenas de veces al día, y ¿adivinen lo que dicen haber visto? en lugar de reconocer al increíble Hulk que hay frente a ellos, ven a alguien escuálido y subdesarrollado. ¿Podría haber una anomalía cerebral similar que cause su percepción errónea?

Los hombres y mujeres con trastorno dismórfico corporal, o TDC, se obsesionan con la creencia de que ciertas partes de su cuerpo son grotescas. Se sienten atormentados por la noción de que alguna parte de ellos: nariz, orejas, boca, mandíbula, cejas, barbilla, trasero, genitales — es fea, anormal y deforme. Si tienen un mal día con su cabello, no pueden dejar de pensar en lo que creen que es un defecto y pasarán horas mirándose al espejo en secreto, tratando de esconderlo o solucionarlo.

El trastorno dismórfico corporal afecta del uno al dos por ciento de los hombres y mujeres estadounidenses. Una cuarta parte de estas personas, se ha sometido a algún tipo de cirugía plástica. El problema es una espiral que puede llegar fácilmente a los extremos. Pensemos en Michael Jackson.

Al igual que las anoréxicas, cuando las personas con trastorno dismórfico corporal se miran en un espejo, ven literalmente el “defecto” de manera extremadamente exagerada. Su trasero es desproporcionadamente enorme. Su mentón es inexistente. Tienen el pelo de gorila en la cara. Sus manos y dedos estallan en tamaño, para luego encogerse, ante sus ojos. Una vez más, no se lo están inventando. Ellos realmente se ven a sí mismos de esta manera.

Las investigaciones descubrieron recientemente un área del cerebro, con conexiones a la región parietal, donde las partes del cuerpo (piernas, manos, brazos, troncos sin cabeza) son visualmente reconocidas. ¿Podrían los defectos de esta región del cerebro (el área extraestriada del cuerpo) estar involucrados en el trastorno dismórfico corporal? Hay, además, otros mapas corporales que dominan la visión, en el propio lóbulo parietal. La mente usa estos mapas para reconocer nuestro propio cuerpo y diferenciar nuestras partes y movimientos de los de las personas que nos rodean.

Pero en los trastornos de anoréxicas, bulímicas, incluso en muchas personas que hacen dieta normal, y tal vez en aquellas con trastorno dismórfico corporal, ocurre que sus creencias y expectativas (de la imagen corporal) no pueden armonizar con el flujo de información que les dan sus sentidos sensoriales no interferidos. La información del cuerpo y los ojos. El lóbulo parietal, con su grupo de mapas corporales relacionados a la visión, puede ser el lugar en el que la comunicación está haciendo un corto circuito. Pero aunque las teorías son alentadoras, las investigaciones sobre el tema acaban de comenzar.

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