Levántense y suban sus brazos, extendiendo los dedos. Muévanlos para arriba y para abajo, y hacia los lados. Hagan círculos, pasando las manos por encima de la cabeza y a lado de las piernas. Ahora lleven un pie tan lejos hacia delante y atrás como puedan, columpiando cada una de sus piernas, lleven los pies también a los costados de su cuerpo, tan lejos como sus piernas les permitan hacerlo. Giren su cabeza suavemente hacia un lado y hacia el otro, pueden también sacar la lengua y hacer círculos con su cabeza, guiándose con la lengua, como si quisieran tocar algo con la punta. Este volumen invisible de espacio que nos rodea – y que en la neurociencia se llama “espacio peripersonal” – es parte nuestra.

No, no es una metáfora, es un hecho fisiológico. A través de un procedimiento de mapeo, nuestro cerebro anexa este espacio a nuestro cuerpo, cubriéndonos de una especie de piel transparente y fantasmal. Los mapas que codifican nuestro cuerpo físico están conectados, de manera inmediata y personal, a un mapa de cada punto en el espacio que somos capaces de alcanzar potencialmente cuando alargamos nuestras extremidades. Nuestro ser no termina en donde termina nuestra carne, pero se cubre y fusiona con el mundo que nos rodea, incluyendo a otros seres vivos. De esta manera, cuando tocamos a alguien, nuestros mapas corporales se fusionan con los mapas de esa persona, compartiendo y fisionando ambos espacios.

Nuestro cerebro también mapea el espacio cuando utilizamos herramientas. Tomemos un palo y toquemos el piso con él. Para nuestro cerebro, nuestra mano ahora se extiende hasta la punta más lejana del palo. Su largo ha sido incorporado a nuestro espacio personal. Si cerramos los ojos y caminamos por nuestra habitación, ese palo podría servirnos para no chocar con los muebles o las paredes, como una extensión de nuestro propio cuerpo.

Por otra parte, este espacio peripersonal anexado no es estático, como una especie de aura. Es elástico, más parecido a una ameba, se expande y contrae para acomodarse a nuestras necesidades. Cambia de tamaño cada vez que cambiamos nuestra ropa, cuando utilizamos cualquier herramienta y cuando tocamos un instrumento musical. Cuando estamos dentro de un auto, nuestro espacio peripersonal se extiende para incluirlo, es por eso que mientras viajamos tenemos la capacidad de sentir la textura del piso en el cuerpo. Si vamos a entrar a un túnel y el techo pareciera un poco bajo, nos agachamos, intentado esquivarlo tal y como ocurriría si nos fuéramos a pegar en la cabeza, podemos sentir la “cercanía” del techo, como si el auto fuera en realidad parte nuestra. Cuando alguien le pega a tu auto o choca, el enojo que nos provoca no es exclusivamente por lo costoso de la reparación y todo el problema que implicará llevarlo a reparar, sino porque ese golpe ha violado nuestro espacio peripersonal tanto como si nos hubieran dado un golpe directamente en las costillas.

Cuando comemos utilizando un tenedor y un cuchillo, nuestro espacio peripersonal crece para incluirlos. Células cerebrales que normalmente representan el espacio que llega hasta las puntas de nuestros dedos, expanden su campo de consciencia para incluir los cubiertos, volviéndolos parte de nuestro organismo. De esta manera podemos experimentar la textura y la forma de nuestra comida, sin la necesidad de tocarla. Lo mismo ocurre en los quirófanos, cuando la persona que se encuentra haciendo una cirugía tiene que utilizar equipo microrobótico, a través de un control. Pasa también a la gente encargada de controlar los brazos robóticos que se encuentran en los satélites, orbitando en el espacio. Si aprendiéramos a utilizar una grúa de carga, nuestro espacio peripersonal se extendería hasta la punta de su gancho.

La investigación de nuestros mapas corporales ha abierto nuevas puertas a misterios muy antigüos a cerca de cómo nuestro pensamiento y nuestro cuerpo interactúan, en unión indivisible.

Preguntas como: ¿Por qué sigo sintiéndome gordo aún después de haber bajado de peso? ¿Por qué me agacho cuando voy a entrar a un túnel o a pasar por debajo de una barrera con el auto y /o transporte público? ¿Cómo sentimos incomodidad, calor, frío, comezón, dolor? ¿Nacemos con emociones o las aprendemos? ¿Por qué sentimos ciertas emociones en lugares específicos del cuerpo? ¿Qué nos pasa cuando vemos a alguien sufrir, por qué podemos sentir su sufrimiento? ¿Por qué sentimos algo en nuestro propio cuerpo cuando estamos viendo una película y le va a pasar algo a algún personaje?

Pistas a todas estas preguntas se pueden encontrar en una nueva comprensión acerca de cómo es que nuestro cerebro “mapea” nuestro organismo, el espacio que nos rodea y nuestro entorno social. Cada punto de cada uno de nuestros órganos internos, así como cada punto del espacio que nos rodea que alcanzamos con la punta de los dedos, se encuentra mapeado en nuestro cerebro. Nuestra habilidad de sentir, mover y actuar en nuestro mundo físico, comienza en una red inmensa de mapas corporales flexibles que se encuentran distribuidos dentro de distintas partes de nuestro cerebro – mapas que crecen, se encogen y mutan según nuestras necesidades.

La ciencia de los mapas corporales tiene aplicaciones inmensas. Actualmente se utiliza para ayudar a personas a perder o ganar peso y estar conformes con ellas mismas, para ayudar a mejorar habilidades deportivas y/o artísticas, también se ha aplicado en la recuperación de personas que sufrieron de infartos (tanto cardíacos como cerebrales). Abre nuevos caminos en el tratamiento de la anorexia, miembros fantasma, lesiones musculo-esqueléticas, etc.

Los mapas corporales nos proveen de una nueva visión para entendernos un poco mejor como individuos y como especie.

 

Libro de referencia:

The body has a mind of its own (Sandra & Matthew Blakeslee)

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